Un día de ocho perros
Antiguamente las personas median la dureza de las condiciones climatológicas según la cantidad de perros que debían acostar a su lado para no morir de frío y de ahí la expresión “una noche de perros”.
En cualquier ciudad como en Barcelona…
Todos queremos a Jack
Ayer leí como definían a un asesino como un personaje claramente histriónico y por ello culpable porque, por ejemplo, no soportaba oír a la gente masticar cuando comían. Inmediatamente pensé ¡Aí mi madre que soy una psicópata! Pero no. El todopoderoso Google y su consorte Doña Wikipedia me sacaron de la duda lanzándome de nuevo al montón de los normalitos. Qué le vamos a hacer.
Supongo que condicionó el pensamiento el hecho de llevar una semana un poco abarrotada de personajes singulares hasta el punto de creerme una más de este Rat Pack mental, cuando al fin y al cabo, solo soy una voyeur eventual. Y es que estos días han sido de lo más variado y después de conocer a una señora y a su bebé, que en realidad era un loro, a verme interceptada por un ejecutivo en plena conferencia imaginaria y a disfrutar de un streptease integral mientras el artista se comía un bote de garbanzos al son de contoneo, el punto álgido llegó cuando me tropecé con mi Jack Nicholson barcelonés.
Jack sufre un trastorno maniaco compulsivo y la verdad es que es algo muy curioso de ver, aunque para ser sincera, yo al hombre lo vi apurao por la multitarea. Con prisa pero sin pausa dio tres toques a cada escalón, siguió con el dedo cada raya de las baldosas de la pared, se agachó en cuclillas cada 10 pasos, tocó tacón contra tacón cuatro veces exactas cada pocos metros y ni una sola vez pisó la línea blanca central del andén, y todo eso en tres minutos y sin despeinarse. Ojo que ni una mujer hace tanto en tan poco.
El caso es que impresionada por haber visto a Jack decidí compartir el momento con la gente del estudio. Pues mi cara de estupor quedo como un mísero tic facial al ver que, no sólo no se inmutaban, sino que algunos reconocían con la mayor naturalidad que ellos también lo hacían. Bueno, lo de ser madres de un loro o bailar en pelotas mientras comen garbanzos no, al menos públicamente, pero si hablar solos en voz alta por ejemplo, o el hecho de sentirse identificados con las capas más básicas del comportamiento de Jack. Algunos me confesaron que encienden-apagan-encienden la luz antes de entrar en una habitación, que se colocan las zapatillas en una posición concreta paralela a la cama o que no salen de su casa si no han revisado que todos los cuadros están rectos. Y yo preocupada porque no soporto ver comer a la gente… acabáramos ¡si soy la cosa más sanota de este mundo!
Lo más curioso del tema es que si no hacen todo eso creen que algo irá mal, que pasará algo malo que ellos mismos han provocado al no efectuar correctamente la secuencia, y de nuevo pensé en Jack. ¿Qué pasaría si un día era incapaz de completar sus secuencias? ¿Se subiría al tren de todos modos o detendría su vida en aquel instante para volver a poner todo en su lugar después de sus tan necesarios tres toques, cuclillas, seguimientos y taconeos? ¿Era su cara de angustia la viva imagen de su responsabilidad con el mundo? ¿Y todos los demás, de veras somos tan distintos a Jack?
Para muchos de nosotros el rutinario equilibrio de nuestros días se basa en una extraña mezcla de aparente normalidad y el estrés sistemático de creer que la calma sideral recae sobre nuestras acciones, que inacabadas, nos llevan a la angustia del que pasará o a la certeza de la tragedia por nuestra “irresponsabilidad”. Hacer o no hacer, esa es la cuestión… y la complicación.
En cambio para Jack, la cosa no funciona así. Vale que no me gustaría parecer una aspirante a Saturday Night Live, pero me impresiona su capacidad de asegurarse la existencia bajo la simplicidad de funcionamiento que tiene su universo. Imaginaos por un momento que fuera cierto, que alguien os asegurara que si cada diez pasos das una palmada, por ejemplo, no ocurrirá nada malo en tu vida, que todo estará en orden, sin problemas, sin dudas, sin complicaciones ¿no lo haríais?¿no os aseguraríais la calma a cambio de un gesto? Si el miedo de lo no cumplido nos hace dudar y el dudar enfermar ¿Qué loco no quiere ser como Jack?
En cualquier ciudad como en… Barcelona
El Reflejo
Muchas veces veo a personas a las que sin más, abofetearía. Acostumbra a pasarme con gente con la que comparto a diario los trayectos de ida y vuelta a villa Lebou y con los que, quiera o no quiera, he establecido una relación de indiferente dependencia. Recuerdo con especial cariño a una chica con la que compartí asiento durante dos años y que se libro del bofetón porque por suerte o por desgracia, no me crie en una cueva.
Ella, así la llamaré, era muy ordenada y su ritual viajero, mi pesadilla. Una a una se iba quitando, doblando y dejando sobre el regazo sus prendas de abrigo, cada día el mismo orden, la misma secuencia. Después, abría su impoluto bolso y del tercer bolsillo interior derecho sacaba los auriculares que llevaba en una funda, doblados perfectamente y con el hierro de fábrica que es igualito al del Pan Bimbo ¡Y que no hay persona mentalmente sana que conserve una vez estrenado el chisme! Bien, después de eso guardaba el hierrito en la funda, la funda en el tercer bolsillo interior derecho y del mismo sacaba otra funda con el reproductor de MP3 que aún conservaba el plástico protector de la pantalla. El volumen ni muy alto, ni muy bajo, pose y peinados perfectos y cero expresiones en el rostro que me hiciera percibir un ápice de imperfección en ella, en cambio, yo era la viva imagen de la desesperación. Con el rostro desencajado me preguntaba día tras día que había hecho yo para merecer semejante sádica enfrente.
Con que ganas le hubiera revuelto la ropa, el pelo, coger aquel bolso y blandirlo al aire y en un alarde de humanidad totalmente justificado gritarle ¡Niña, a las muñecas lo primero que se les hacía era quitarles el precinto del pelo! Por desgracia yo me fui de Barcelona y allí terminó nuestro idilio pero en aquella relación, yo iba muy en serio, os lo aseguro.
En estos días me he releído un viejo libro en el que narra la creencia de los aborígenes australianos que afirman que cuando te sientas en un círculo, aquel que tienes sentado frente a ti es tu reflejo en la vida. A mi mente volvió ella y el escepticismo de la afirmación aborigen pero ¿Fue sólo cuestión de tiempo que esta afirmación no se cumpliera?¿y si ella fuera mi reflejo invertido?¿si era taaannnn ordenada era para reflejar mi propio caos? El caso es que desde que sé de semejante creencia cuido mucho frente a quien me siento y debo reconocer que la cosa no va demasiado bien, y lo intento, no os vayáis a creer. Con ojo avizor busco a la persona adecuada con la que compartir viaje pero entre los habituales no hay mucho donde escoger y estos últimos días me he visto “reflejada” en una “distraída”, una borracha, una sumisa y un sinfín de reflejos a cual más fustigador.
Por suerte la terapia es caduca y a cada viaje nuevas oportunidades ¿pero qué ocurre con aquellos con los que vivimos de frente? ¿Acabamos siendo el reflejo de nuestras relaciones? Si dos personas comparten vida ¿acaban compartiendo características comunes? Es una ciencia cierta que ciertas parejas acaban pareciéndose físicamente y que aquellos que creyeron nunca cambiar se rinden al “reflejo” de su amor ¿pero es el Reflejo una condición escogida o bien una inevitable profecía? ¿Dejamos de ser lo que somos por ser aquellos que reflejamos?
Yo por mi parte seguiré cuidando que mi “reflejo” sea sólo mío, y si el sucumbir es inevitable, al menos, que se me vea estupenda.
